Por Fernando Despradel

El pasado fin de semana tres jovencitos salieron a divertirse en el play de Palabé, comunidad de Hato Nuevo, al oeste de Santo Domingo.
Un vecino que estaba presenciando desde una ventana a los niños corretear y divertirse sanamente en el campo de pelota, quedó paralizado en un instante al divisar que una bola de fuego se dirigía desde lo alto al punto exacto donde jugueteaban los infantes.
Uno fué impactado directamente y lanzado por los aires cayendo inerte a varios metros; otro, fué golpeado severamente y movía la boca, abriéndola y cerrándola cuando llegó el vecino, tratando de auxiliarlo, en vano.
Murió en sus brazos.
El tercero, sufrió quemaduras intensas en gran parte del cuerpo, sobrevivió y en un centro especializado batallan para su sanación.
Nos preguntamos, habiendo tantos malvados y desgraciados haciendo todo tipo de delitos, maldades y sembrando el mal; porqué este castigo divino se centró en estos tres angelitos?
Eran seres serviciales, inocentes y hasta nobles, como lo calificó una vecina.
Esa zona de Hato Nuevo formaba parte de los extensos campos cañaverales del principal ingenio del país, el Central Río Haina.
Y específicamente esa comunidad de Palabé, tiene una historia muy particular desde el siglo XV1, cuando se instaló en el lugar la familia Palabé, dedicadándose a la crianza de ganado con éxitos, muestras de ello son las ruinas del palaciete y otras instalaciones.
Volviendo a esos tres niños infelices; de un gozo inocente y puro que se merecían para paliar sus precariedades existenciales, devenir en un sufrimiento tan infernal, es como para preguntarse ¿Y la justicia divina?