Los viernes Israel se transformaba, daba más vueltas que un trompo.
Por Fernando Despradel
El hombre se había pasado la vida viendo botellas y más botellas dando vueltas, escudrillando si veía alguna irregularidad en el llenado de cada botella, la tapa.. y al final de cada jornada ciertamente las máquinas fallaban, pero para eso estaba Israel para no dejar pasar esas pifias.
Cuando ya salía de la factoría, seguía con la cabeza dándole vueltas y vueltas hasta ir serenándose.
Todos los dias era la misma rutina, tomar el autobús, llegar a la parada y tomar un motoconcho que lo depositaba en su bella casita.
Anita, su mujer, una mujer que el tiempo la había tratado de maravillas, a pesar de su medio siglo de existencia conservaba su buenamosura y no dejaba de echarle un fuerte abrazo, que la dejaba sin aire y un sonoro beso que lo llevaba en vivo y directo a sus años de juventud.
La bella de baja estatura tenía el tiempo medido y le premiaba con una suculenta comida cada atardecer para luego escuchar su programa de pelota predilecto.
Pero los viernes eran otra cosa, el viejo Israel con unos pesos en los bolsillos, sentaba unas diablas en la mesa del Bar Juancho y esa música típica encendía lo llevaba por esos montes, esos bohíos y esos sembradíos..
Unos traguitos más y a mover la cintura como un trompo..
Era poco lo que quedaba del viejo Israel cada viernes al final, llegaba debaratao’ a su casita y sin un peso en los bolsillos.
Pero que gozá, que parrandita más buena meditaba en silencio a la mañana siguiente.
