Los pueblos, las grandes ciudades sufren transformaciones.

Por Fernando Despradel
Existen pueblos que sus calles, casas, oficinas públicas y otros permanecen inamovibles en el tiempo.
Esta situación es propia de aquellas poblaciones con economía muy débil y las posibilidades de transformaciones agresivas están tan alejadas, como el progreso económico y social de sus habitantes.
En cambio, ciudades que poseen diversas fuentes de trabajo, comercios activos y una cantidad de sus pobladores en la diaspora, el desarrollo urbanístico es agresivo y moderno.
El fenómeno es perceptible en aquellas  zonas impactadas por una explotación minera, donde las fuentes de empleos bien remunerados y pago de arbitrios de las empresas mineras crea un circulante de efectivo que se deja sentir en la calidad de las construcciones de esos pueblos.
Recientemente visité La Vega y pude apreciar que el tradicional edificio de mampostería que alojaba el taller de ebanistería de Don Miguel Brito, con su tradicional «calzada alta» ya no existe, un nuevo edificio emerge en el espacio.
La casa del desaparecido empresario Pedro Rivera que iniciaba la avenida de Los Framboyanes,  al estilo de las residencias de Gazcue, brotadas del ingenio del Arq. González, creando grandes espacios y generando una sensación de libertad.
Esa imponente mansión «sólo queda en nuestros recuerdos», un impresionante edificio ocupa su lugar.
En Santo Domingo y Santiago si duramos algunos meses en transitar por el tramo de una avenida, es posible que al retorno nos encontremos con un área transformada, repleta de nuevos establecimientos comerciales y edificaciones.