Dos historias que caminan paralelas: el buen y el mal servicio.

Por Fernando Despradel
Escuchaba a la senadora de la provincia de Puerto Plata, Ginette Bournigal exponer sobre el tema de la salud en su jurisdicción y después de un detallado planteamiento, que incluyó las disponibilidades de camas del recién remodelado hospital de su ciudad y de las parturientas haitianas, dedicó un parrafito para pedir enfáticamente al personal de servicio de las oficinas de Senasa «un trato afable, cortés y decente a los afiliados al seguro gubernamental».
Se sobretiende que el tema salud es «sumamente  delicado» y en una prestadora de servicios de tan relevante servicio es fundamental que el personal tenga la vocación, la obligación de canalizar y facilitar soluciones a personas que asisten a esas dependencias muchas veces afectadas por serios problemas de salud, con el sufrimiento a flor de pié y lo más que necesitan es «esa mano amiga» que contribuya a mitigar sus sufrimientos.
Ojalá y la petición de la competente legisladora haya sido escuchada y su petición de «buen servicio» sea valedero para todo el personal de esa estratégica prestadora de servicios de salud a nivel nacional.
Y para no concluir con el sabor negativo de esa deficiente imagen, carente de cortesía, hasta de una sonrisa, me atrevo a presentar un caso contrario.
En un parador ubicado en la Cumbre, Aut. Duarte, siembre rebosado de clientes por la calidad de los productos que oferta, pero también a la simpatía, a la actitud de servir y brindarle el mejor servicio a sus clientes, cosechando siempre un gesto de agradecimiento y simpatía de los receptores.