Como si fuera una película de Los Piratas del Caribe
Por Fernando Despradel
Hace 10 días una frágil embarcación de madera en la que en condiciones normales se podrían acomodar 10 ó 12 pasajeros, duplicaba su capacidad y unos más se apretujaban en la embarcación.
Antes el grupo había arribado al puerto de Cap Cana en un autobús amarillo, propio para trasladar a los empleados hoteleros hasta depositarlo en el muelle, sin que nadie se interpusiera en su trayecto.
El grupo compuesto por dominicanos y haitianos, casi en la misma proporción, de todas las edades, destacándose un niño de 7 años y una mujer joven en estado de gestación.
El capitán de la esquelética embarcación, con dos motores fuera de borda, un hombre bajito, con una mano menos, de ahí su sobrenombre de El Mocho y su asistente Starling Montilla, alias El Cojo.
O sea, que el destino de casi 40 hombres y mujeres estaba en manos de un cojo y un mocho.
Un cerebro urdió la operación con una logística propia de una empresa organizada: los promotores del viaje, el encargado del transporte terrestre (éstos cumplieron cabalmente sus funciones).
El encargado de facilitar e ingreso al complejo turístico y utilizar el muelle, éste también sacó notas altas.
La embarcación zarpó sin ningún problema entrada la noche, con un mar embravecido, que al paso de los minutos se picaba más y más, ante el silencio y los quejidos del apretujado grupo.
La noche se presentaba oscura y amenazante, como si el destino presagiara un desenlace fatal.
El crujil de las tablas y el ronroneo forzado de los motores aumentaba la ansiedad de todos y se reflejaba en el rostro del capitán, El Mocho.
Este no cesaba de susurrar -yo se lo dije-
Una fuerte ola se avecinaba, todos adinivaban que golpearía inmisericordemente la yola.
La desesperación cundió entre hombres y mujeres, el muchachito se había perdido entre los cuerpos de los adultos.
El golpe resultó demoledor y como una bestia herida, la frágil embarcación perdió sus tablones, casi deshacióndese.
El Mocho, rompiendo el compromiso solemne de todo capitán, fué el primero en lanzarse al embravecido mar, para salvar la orilla a duras penas, enredado entre un mar de sargazos.
Los cuerpos de hombres y mujeres fueron devueltos moribundos a la orilla de la Playa Juanillo, a corta distancia del punto de partida.
Las cifras se detuvieron al contabilizar 8 fallecidos y 17 desaparecidos, entre ellos el niño de 7 años.
La historia se repite una y otra vez, los organizadores pasan dos o tres dias detenidos para volver a coquetear con la muerte, pagando los desesperados altas sumas de dinero.
Juan Carlos Diaz, alias El Mocho es reincidente de violar la ley 137-03, y bien podría merecidamente tener una condena de hasta 20 años.
