Nunca es tarde para encender la propia luz
Toda una vida mirándose al espejo, y bastó un toque de color para que por fin se descubriera. En sus ojos vi el asombro de quien se mira por primera vez a los 91 años; una sonrisa que desbordaba la timidez de lo nuevo y un suspiro nostálgico por los otoños que pasaron sin este rojo vibrante.
Pero el tiempo es solo un número cuando el alma decide florecer. No hay edad para estrenar la vida, para vestirse de alegría o para mirarse y decir: ‘Aquí estoy, esa soy yo’. La vida se trata de eso: de ser el puente que devuelve el brillo a quienes más amamos.
Nunca es tarde. El reloj se detiene cuando decides reencontrarte con tu propia luz.
Al final del día, el regalo fue mío cuando me dijo: ‘Ay mija, gracias, tú siempre me subes el ánimo’. Amor con amor se paga, y contagiarla de la alegría de vivir es mi mayor superpoder.
