Fellito o el hambre de ser alguien.
Por Fernando Despradel
Fellito había comenzado a dar sus vueltas y los sábados Pitico B lo buscaba en su motor «arreglao», que lo hacía sonar como una moto pesá, de alto cilindraje.
Cuando pasaban frente a la casa de Orqui y Mariana el motor lo hacían encabritar, una explosión se producía, en medio del relampagueo y las maldiciones se escuchaban de manera generalizada, a excepción de algunos tigueritos que no cesaban de aplaudir y vociferear por la hazaña.
Tenía 15 dias interna’o en el cuartucho donde su tío Cirilo tenía cincuental mil cachivaches y pretendía que él le fuera sacando y organizando todas las piezas y embromiendas que tuvieran valor y él pudiera vender.
Como premio, al finalizar el engorroso trabajo le entregaría cinco mil Duartes contantes y sonantes.
Fellito apenas salía unos minutos al mediodía para jondearse un pan con dos huevos fritos.
«Este sobrino mío vale cuarto», se ufanaba en decir Cirilo.
Más vale que le pague los 5,000 tululúes tan pronto termine ese endiablao trabajo, le repetía una y otra vez su hermana, la madre de Fellito.
Finalmente aparecieron los cuartos completicos el sábado que Fellito entregó su agotador trabajo.
Ya el joven tenía visto y apalabrado una pinta con un pantalón Wrangler verde manchao, un t-shirt con unas carabelitas diabólicas y unos tenis Nike negros.
Apenas le sobraron 50 pesos del dinero recibido y no dudó un instante en llevárselo a su madre.
Cada vez que se armaba un can en el sector, ahí se aparecía Fellito con su uniforme de carabelitas.
Ya las tigueras y algunos afrentosos lo tenían a coger el monte con esa vaina.
Le habló a su amigote de ayudarlo a reparar motores, pero era tan insignificante lo que recibía por cada reparación, que pronto se dió cuenta, «que ahí no había comía».
Si tu tío Cirilo lo lleva a una de esas tiendas de respuestos del vecindario, seguro que ganaré bien y cumpliré mejor que nadie buceando las piezas.
El joven se sacó el premio mayor, entró con las mismas garras al nuevo trabajo y el jefe lo convirtió en su mano derecha.
Vestía ya como un joven próspero y progresó rápido , el jefe lo ubicó en una sucursal ubicada en una excelente zona de la ciudad.
A Fellito no le volvieron a ver la placa en su barrio original, quedó el relámpago de la camiseta de las carabelas.
